Vivir patinando

Hubo un tiempo en el que aún no levantaba un palmo del suelo y le pedía a mi hermano que agujereara la planta de mis zapatillas John Smith para acoplarle esa plancha metálica con ruedas que apenas rodaban en ninguna superficie, convirtiendo unas zapatillas en unos patines. Entonces no entendía por qué lo hacía, quizás mi pequeño cerebro de adolescencia enmarañada no era capaz de asimilar de forma clara sentimientos no asociados a lo más convencional.   

El patinaje es uno de esos misterios de sensaciones encontradas que se mezclan sin orden y con desconcierto. Seguro que cualquier persona que practique otro deporte diría lo mismo, no voy a desmerecer ningún deporte. Lo que sí hemos aprendido a diferenciar es a dos tipos de patinadores: el que patina y el que vive patinando.

“El que patina” no es ni mejor ni peor patinador, está envuelto en un mundo donde usa el patinaje como quien va al gimnasio, hay que imponerse hacer algo de deporte a la semana, quemar esas calorías de más, el patinaje es un deporte aeróbico y cardiovascular, tiene muchos beneficios para la salud, se impone metas y niveles para ser mejor, conoce gente... seguramente disfrutará igual o más que los demás, pero no es eso lo que a mí me costaba entender con las John Smith transformadas en patines.

Luego estamos los que “vivimos patinando”, los que llegamos a amar algo tanto que entramos en una filosofía de vida rodada a todos los niveles, porque cuando no llevamos los patines puestos pensamos como si los lleváramos. Caminamos por la calle y nos fijamos en un suelo perfecto para patinar, esa práctica de la postura del águila mientras vamos cogidos a la barra del metro. Es una manera de pensar, un sentimiento rodado que nos recome durante todo el día hasta que nos ponemos los patines y lo satisfacemos.

La gran mayoría no vamos a ser olímpicos, ni queremos competir en ninguna disciplina, pero somos buscadores, yonquis de sentimientos encontrados sin orden y con desconcierto. Si los surfistas hablan de comprender la esencia del mar y buscar la ola perfecta, nosotros también andamos detrás de la esencia de esa rodada, de ese derrape, de ese salto, de ese slalom perfecto que signifique algo para cada uno.salto

Como cualquier deporte exige práctica y disciplina, pero no nos engañemos, todo esto sirve para ponernos metas, para mejorar, para subir de nivel, es esto lo que nos hace disfrutar. La mayoría de las veces los límites del patinaje salen de nuestra propia cabeza, los ponemos nosotros psicológicamente, el patinaje es un deporte que puede implicar caídas, el miedo a veces no nos deja movernos. Pero al final, es uno mismo el que decide el nivel en el que disfruta y hasta dónde quiere llegar.

Hay épocas de aprendizaje rápido, de ganar mucha seguridad sobre los patines, pero también nuestro patinaje pasará por épocas malas, de frustración, impotencia o estancamiento, son esos límites psicológicos, habremos llegado a un punto en que todo lo que nos queda por aprender nos genera miedo e inseguridad. Ese momento en que debemos plantearnos si quedarnos en ese nivel o empezar a hacer frente a nuestros propios miedos, sabiendo que el resultado va a ser de disfrute y satisfacción.
Todos sabemos que hay cosas que, siendo realistas, se escapan de nuestras capacidades físicas, pero ¿quién ha dicho que observar a un patinador haciendo cualquier buen derrape no es absolutamente un placer para la vista? ¿o ver a alguien practicando slalom con esa elegancia sublime que caracteriza a esta categoría? A mí me gusta saber dónde están mis límites, pero también encuentro placer en ver donde no están los límites de los demás.

Siempre se me van los ojos cuando un patinador se cruza en mi camino, siempre queda algo ahí dentro que no desaparece nunca, y que cuando vuelvo a patinar recuerdo lo que es y no me explico cómo he podido sobrevivir tanto tiempo sin sentirlo.

Aunque el patinaje se practique al aire libre, también se realiza normalmente en la ciudad, quizás no ofrece las mismas sensaciones de plena naturaleza como el montañismo, el senderismo o el esquí. Llegados a este punto recuerdo la gama de colores imposibles del cielo en más de una puesta de sol en la plaza de El Ángel Caído, o la noche que patinamos entre las sombras de los árboles de El Retiro viendo el eclipse de Luna. Todo depende de que cada uno busque su momento rodado irrepetible.

¿Mi rodada perfecta? ese momento de noche después de una buena clase y unas cervezas en buena compañía que toca irse a casa patinando, con los músculos fríos y tensos después del descanso, el cansancio en el cuerpo, las aceras vacías de viandantes que por fin se han ido a sus casas, los auriculares en los oídos correspondientes y el sonido del Ipod, el viento frío del invierno azotándote la cara, y empezar a bajar cuestas hasta Atocha como si no hubiera un mañana, confiando plenamente en que sabrás frenar, con los cinco sentidos en tensión preparados para corregir la velocidad o esquivar cualquier obstáculo del camino, saltando bordillos en lugar de bajarlos, algún intento de derrape, y con el mismo pensamiento siempre “COMO ME GUSTA PATINAR”.

Texto por Patricia Marquez

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